Mi reloj se había detenido. No podía evitar sentirme observado, nervioso. Talvez alguno de ellos se había dado cuenta. Concentradas en una mesa rectangular, las bocas humeantes desprendían sus hilos plateados y el saloncito parecía sumirse en una densa neblina que me hacía sentir perdido entre voces graves y risas incontrolables; el ruido era insoportable. Debía permanecer en calma. Calculé que faltarían diez minutos para la media noche. Debía salir de inmediato. Se hizo un silencio que nadie pareció notar. La rebelión debía ser controlada, ésta desde luego no era la mejor vía para lograr que se nos escuchara. Yo lo sabía, también Román, pero probablemente él sentía que ya era demasiado tarde para echarse atrás. El había iniciado de muy buena fe un movimiento pacífico para restaurar los valores morales, el humanismo puro enterrado bajo la suela de las nuevas tecnologías y la aceleración de la era moderna, la cultura implícita. Parecía un buen camino. Así lo entendimos. Pero después de cinco anos de observar la línea recta en la que caminábamos, estas ideas se volvieron obsoletas. Román le dio forma a la masa inerte y flácida en la que nos habíamos convertido. Cabalgaba con la fuerza de la verdad y la justicia para un pueblo que se encontraba en la andamiada de un sistema autodestructivo. Nosotros acabaríamos hundidos bajo los escombros de nuestra indiferencia. Doscientos años habían pasado en vano. Pero no había justificación alguna para la violencia. Román no lo entendía. El hombre escuálido y blancuzco que había iniciado el movimiento había embarnecido en una figura alta y vigorosa; a fuerza de visiones estereotípicas del guerrillero moderno y de un ego bastante pulido, él mismo había logrado convertirse en su visión.
Inesperadamente encontraba sus ojos fijos mirándome y yo sentía que no había nada más que decir ni esconder. Hace mucho tiempo que no veía en sus ojos esa claridad acuosa que vislumbraba en él. Golpeó la mesa repentinamente con vigor para después alzar su vaso en un grito:
¡Señores! Digamos que el mañana no existe. Digamos que hoy es nuestra última noche de este largo y extenuante amago, y que mañana despertaremos bajo una nueva luz; sin miedo. Libres al fin –ahora me miraba fijamente - Digamos que no habrá odio ni rencores – continuaba - que la psicosis ha cumplido su parte, que hemos dejado su parte al destino y que aquí también alguien debe tomar parte - decía esto mientras me rodeaba y se acercaba por la espalda - algo adentro nos conduce. Yo he tratado de serle fiel a mi voz y debo pedirles que hagan lo mismo - ahora apoyaba su mano en mi hombro - Les agradezco, les amo a todos; les pido estemos unidos y fuertes. ¡Mañana seremos libres!
Y mientras todos alzaban sus vasos yo no tuve fuerzas para correr. Tampoco tuve miedo, ni duda. Al salón entro una luz incandescente como un relámpago silencioso. Todo se volvió enorme y pequeño al mismo tiempo hasta volverse polvo luminoso. Entonces cerré mis ojos y sentí que habíamos triunfado.

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